Problemas extremos – acciones extremas

16 enero 2016 Por jrodriguez

Declarar el estado de excepción en la frontera para defender al pueblo no es lo mismo que declarar el estado de excepción para defenderse del pueblo, como sucedió durante el caracazo

por Javier José Rodríguez. Director Línea de Investigación en Modelos de Gestión de la Política Pública – GISXXI. Agosto 2015

Con esta inusual medida, el gobierno del Presidente Maduro, trata de poner fin a los enclaves de la guerra económica en el territorio nacional, sin embargo, la medida debe ser acompañada de una masiva campaña comunicacional y cultural que nos permita sembrar las bases de una cultura productiva. Es que el problema de esta guerra económica está en el hecho que consigue aliados con gran facilidad en la población, más allá de las clases sociales, nuestra cultura rentista es un criadero de apátridas.

Un gran obstáculo histórico: El rentismo.

Cuando nuestro país pasó drásticamente de ser un productor agrícola a ser un monoproductor petrolero, se dieron vida a unas dinámicas culturales poderosas. La burguesía terrateniente, dio un salto de época, acompañada de la dictadura pro imperialista de Juan Vicente Gómez. De burguesía campesina, ahora podía ser como la burguesía industrial, citadina, tipo europea y norteamericana, con una pequeña diferencia, tenía recursos en divisa por montón, derivados de las ventas de concepciones de explotación petrolera. No tenía competencias técnicas para desarrollar industria, pero si tenía dos componentes culturales fundamentales para ofuscar cualquier propuesta productiva: la alienación profunda, de ser campesinos y ahora poder parecerse a las otras burguesías y sus modas; por otra parte, la facilidad de disponer enormes riquezas, lo que le permitía adquirir cualquier cosa desearan. Fue así que inicio la famosa campaña que justificó el abandono del campo: “Caracas es Caracas y lo demás es monte y culebras”.

Los campesinos también fueron inoculados por el veneno de la alienación, ahora eran citadinos, mano de obra para la naciente industria petrolera dirigida por gringos. Nuevas costumbres y modos de vestir, nuevas necesidades que requerían dinero para adquirirlas. E aquí que la burguesía criolla, instaura el bachaqueo en el país. Los comerciantes para promover sus productos usaban las palabras mágicas “esto es de calidad, esto es importado”.

Una sociedad que repite un rol inconsciente por 40 años, se convierte en una sociedad mansa, improductiva, alienada, servil y dependiente. La improductividad se hizo norma y el desprecio por lo nuestro avivaba los crecientes negocios comerciales de la burguesía criolla.

Con Peréz Jiménez se instauró en el país un tentativo de cambio, hacia lo productivo, pero con una visión desarrollista y una propuesta de imitación de otras realidades no consonas con la realidad del país. Luego llegó Rómulo Betancourt, apropiado de una revolución popular en la que no participó, enviado directo desde el imperio, con un proyecto país diseñado en el norte y una democracia representativa en fase experimental. La combinación fue explosiva en el imaginario popular. De dictadura en dictadura, alienado, desmoralizado y sin conciencia de las riquezas que le pertenecen, el pueblo fue introducido en el puntofijismo, la alternabilidad en el poder, el populismo. Su voto era para quien repartía las mayores dádivas durante la campaña, sin ideología, sin criterio. Por cinco años se es adeco y los próximos se es copeyano. La cultura puntofijista regaló a nuestro pueblo 40 años más de: “a mi no me den, póngame donde haiga”. El oportunismo se apoderó del imaginario, se enseñaba en las escuelas. La disidencia venía fuertemente reprimida, se desaparecía gente que se preguntaba por las riquezas del país y su justa distribución, todo en nombre de una democracia que se ejercía sólo con el acto de votar. Y en las famosas romerías adecas, nunca faltaban la Polar bien fría y las botellas de whisky traídas del norte, éstas últimas, sólo para los líderes de campaña locales.

Hasta el 1999, habíamos sumado más de 80 años de cultura, rentista, puntofijista, oportunista, egoísta, improductiva, apátrida, traicionera e individualista, profundamente inmoral. Sin embargo el pueblo supo estallar en rabia y hacerse sentir en el caracazo del 1989, donde se suspendieron las garantías y se declaró un estado de excepción de derechos para defender el gobierno del pueblo enfurecido. Los miles de muertos demuestran el nivel de democracia de la época.

La llegada de Hugo Chávez fue la manifestación de todo ese clamor de justicia para la humanidad. Sus 15 años de proyecto significó la inclusión y dotación de las herramientas políticas para que el pueblo se planteara el cambio de paradigma definitivo. Eso lo entendió el imperio, y no lo puede permitir. La guerra económica es una de las estrategias más sofisticadas contra la que nos estamos enfrentando hoy en día.

Compartir fronteras con un país profundamente capitalista y gobernado por una burguesía arrodillada a los intereses del imperio, tiene mucho que ver con esta realidad. El libertinaje económico que las leyes colombianas permiten a sus empresarios, son un criadero de mafias. Las políticas de inclusión social y de justa distribución de la riqueza que el gobierno bolivariano implementa son una oportunidad de negocios para estos factores. El caldo de cultivo para los negocios oscuros esta en nuestros 100 años de cultura rentista. Gran parte de la responsabilidad está de este lado de nuestra fronteras, quienes deben resguardar la frontera no lo hacen y quienes deben defender sus derechos los negocian por ganancias amen de sus comunidades. El estado de excepción es una medida que permite intervenir profundamente, es delicado, pero la población honesta y trabajadora ya no puede más y lo acepta. Esta es la realidad hoy. Es el “mano de hierro Nicolás” que nos dejó el comandante, y es nuestro deber apoyar.

Soluciones inmediatas:

Hay que militarizar la frontera con la FANB, los grupos paramilitares están muy arraigados y armados. Es necesaria una profunda revisión de la Guardia Nacional, para depurar los cultores del rentismo que en ella se arraigan y fortalecer los cultores de la doctrina bolivariana para que de verdad sean dignos de llevar ese nombre. Hay que también escuchar mucho a los lideres comunitarios de la frontera, han sido suficientemente excluidos por las clases políticas locales.

Pero hay una tarea fundamental: Es necesario cambiar el paradigma cultural rentista, se requiere una masiva campaña multimedios, no sólo para explicar lo que se esta haciendo, bien sí, para sembrar conciencia patriótica. Hay que hablarle a la juventud de la frontera, ellos tienen la responsabilidad de emprender el cambio necesario hacia la productividad. Se necesitan recursos para ello y buena parte ya están, en la infraestructura productiva que permanece misteriosamente paralizada.

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